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El mate se ha impuesto en todos los sectores: pobres y ricos lo toman.La diferencia principal es, como con tantas otras cosas, que unos lo hacen en público y otros en privado.Por eso, hace unos días, el exabrupto de esa mujer sacudió las famosas redes sociales como no se veía hacía tiempo.Cinthia Solange Dhers es una cirujana de 53 años que le mandó a una amiga un audio de Whats App donde se quejaba de que los vecinos de su nuevo piso de Nordelta, un barrio cerrado pretencioso del Gran Buenos Aires, eran “bestias que no tienen educación, que gritan y toman mate como si estuvieran en la playa Bristol de Mar del Plata”.Tanto que preferimos no recordar que en la provincia de Misiones, donde se cultiva el 60 por ciento de la yerba del mundo –unas 770.000 toneladas anuales–, los “tareferos” peones cos echeros suelen empezar a trabajar a los 4 años, no van a la escuela, no tienen agua potable ni letrinas, hacen jornadas de doce horas bajo el sol, viven en la pobreza, mueren jóvenes.El mate define a quienes lo toman: somos pocos, somos caprichosos, nos permitimos esa pequeña diferencia.En una novela sobre los años treinta que ha circulado poco, Todo por la patria, un aristócrata argentino –con perdón– dice que “es una plaga, una auténtica plaga.Y pretenden hacer de semejante brebaje la bebida patria. Imagínese qué patria vamos a hacer con esa bebida”.

Es curioso cuando un rito viejo se carga las fronteras nuevas.

El amargo de la yerba, el calor de la bombilla, el ruido de sorber y la costumbre de compartir lo vuelven entrañable.

Y extrañable: pocas cosas más reconfortantes, para el rioplatense distante, que encontrarse allá lejos con alguien que le convide un mate, que lo identifique.

Pero claro, dentro de un orden, que los vecinos de Nordelta, según la señora quejosa, habían quebrado, convirtiendo el ritual apropiado en “pura grasa”.

Aun así su ataque fue excesivo y puso en evidencia la fuerza de ese lugar común, el mate.

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